Comenzó el trabajo con H. F. y ya llevamos varias sesiones.
Al principio me asombró ver que si bien era la misma persona de mis recuerdos, había cambiado bastante. Pasaron unos cuantos años y con el tiempo, además de saber, todos acumulamos algunos kilitos demás. Pero creo que no cambió su voz cálida y envolvente de la cual ya ni me acordaba y que tanto bien me está haciendo.
En estas primeras sesiones creo que el trabajo consistió en desplegar el mapa del territorio. La relación con mis padres y mi entorno. Así se fueron dibujando hija-padre, hija-madre, mujer-pareja, madre-hijo y madre-hija. Con menos intensidad las relaciones laborales, que de alguna manera también están teñidas de esas primeras experiencias de vida. Empezamos a acordar un plan de trabajo para recorrer el territorio.
La última vez H.F. me explicó lo difícil que es abordar el tema del odio, ya que es una fuerza imposible de erradicar aún consumando el acto de su suprema expresión que es matar al destinatario de ese sentimiento, porque el odio queda imperturbable.
Esto me quedó resonando y aparecieron diferentes sensaciones al respecto. Recordé algunos hechos y situaciones a lo largo de todos estos años tratando de compenetrarme con las sensaciones de cada momento. Y las hubo de todos los tamaños y colores. Desde sentirme protegida y cuidada por ese hombre grandote como un oso hasta el terror de su figura amenazante. Con el paso del tiempo aparecieron también el desprecio por el adversario político, el rencor por sentirme expulsada del seno familiar por pensar y sentir de otro modo, la indiferencia por sentirme tan lejos de esa forma de ver y sentir la vida... Hasta el momento en que había decidido tratar de disfrutar del placer del afecto tanto al darlo como al recibirlo. Pude lograr vivirlo, aún a pesar de ser empañado en algunas oportunidades por la tozudez de él y por mi incapacidad de ir de frente diciendo "esta soy yo" y mostrarme sin tapujos y sin miedo a perder esos retazos reconquistados.
Y después el momento final, en que sentí una tremenda compasión por ese hombre sufriente que no podía dejar este plano en el cual tendría mil asuntos sin resolver. Recuerdo claramente mi sensación de "saber" que su enfermedad era el principio del fin y mi deseo profundo de que no sufriera inútilmente. Me corrí del lugar de médica, como suelo hacer en esos momentos, para ubicarme en el de hija. Pero no pude salir del lugar de sanadora y fue desde ese lugar que tuve experiencias extrordinarias. A medida que iba pasando reiki a través mío hacia su ser, sentía cada vez con más fuerza que en ese momento mi misión era ayudarlo en ese tránsito para que fuera sin temor y sin dolor. Sabía que ese era el camino que le correspondía y que estaba capacitada para ayudarlo y además tenía ganas de hacerlo. Con el transcurrir de los días y de las sesiones, este sentimiento fue haciéndose cada vez más claro. En una oportunidad me sentí como en otra dimensión sin tiempo y sin espacio, vestida con una túnica marrón y sin edad, cumpliendo el mismo rito: ayudar en el tránsito de la vida a la muerte a alguien que estaba necesitándolo. Era como si la situación se hubiera estado repitiendo durante siglos desde el fondo de los tiempos y debiera perpetuarse hasta la eternidad. Recordé también los momentos finales, en los que pude decirle palabras de aliento, asegurándole que todo iba a estar bien y que no tuviera temor y hasta pude cantarle una melodía. Hasta que ví su cara de sorpresa en el instante de desprenderse, que luego reflejaba una gran paz.
Pude conectarme con el sentimiento de ayudar al que lo necesita y con el deseo de abrazar y cuidar al niño que hubo en él, quien también fuera abusado y maltratado.
Sentí muchas ganas de abrazar también a la niña que fue mi madre. Y luego a todos los niños abusados, desde mí misma hasta todos los niños de todas las épocas...
A partir de allí creo que una buena manera de sanar mis heridas es ayudar a otros a poder sanar las suyas y tal vez encuentre el lugar en donde pueda ayudar a niños abusados a curar su dolor.
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