Tenía ocho años. Iba a una escuela bilingüe y ese año tenía dos maestras que para mí eran catastróficas. No me sentía a gusto con ninguna de las dos. Además siempre fui medio distraída, sobre todo cuando tenía que hacer la tarea en casa. Me perdía detrás de cada mosca volando o cada pensamiento o fantasía al pasar...
Así fue que mi cuaderno estaba lleno de tareas incompletas. No sé por que, pero en casa nadie lo miraría y se iban acumulando los incompletos seguidos de firma del padre. A mí me daba terror que mi papá tuviera que firmar esas notas porque estaba asegurada una penitencia sino un castigo y me quedaba paralizada en esa situación. Hasta que un día la maestra de alemán retuvo el cuaderno y dijo que tenía que venir a retirarlo mi papá. Ese día mi hermana no había ido al colegio (tal vez estaría enferma) y me quedé sola esperando en la esquina a que viniera mi papá con el auto. Cuando llegó le dije que tenía que entrar al colegio porque lo esperaba la maestra. Me miró con mala cara y me ordenó esperarlo en el auto. Cuando regresó su cara era peor (eso creo, porque seguramente ni me animé a mirarlo), me pasó el cuaderno y me dijo que en casa seguíamos hablando.
El camino a casa fue una tortura. Todavía tengo presente en mi memoria el recorrido y hay un tramo de la calle Conesa que no podía tomar con mi auto 40 años más tarde porque sentía todavía esa tremenda opresión en el pecho.
Cuando llegamos a casa me comunicó que me iba a dar 5 latigazos y que debía conseguir las tareas a completar al día siguiente, porque sino serían 10 los que recibiría. Se fue a su habitación, abrió su ropero y eligió uno de sus cinturones. Yo me fui al baño a hacer pis, muerta de miedo, terror, angustia, qué se yo, mi cabeza era un tremendo vacío. Me llamó al comedor y allí me ordenó recostar sobre una de las sillas. Pedí clemencia, lloré, papi... por favor... Todo era inútil, y sobre mi pobrecita cola desnuda se iban descargando los cinturonazos: uno... dos... tres... cuatro... cinco... Luego me repitió que al día siguiente serían 10 si no conseguía las tareas.
El almuerzo transcurrió en un silencio tenso durante el cual a mí casi no me pasaba bocado, mientras estaba mucho más dolorido mi ser que mi cola.
A la mañana siguiente, en la escuela, le pregunté a mi compañera de banco si me prestaba su cuaderno pero no podía, la del banco de atrás tampoco. Así fue que llegué a casa sin la consigna cumplida y ocurrió nuevamente el ritual. Entrar a la habitación en la que se llevaría a cabo fue como el camino al cadalso... mis súplicas de clemencia fueron en vano y mi pobre cuerpecito se recostó sobre la silla igual que el reo apoya su cabeza para que le den el golpe con el hacha... Y otra vez el conteo: uno... dos... tres... cuatro... cinco... seis... siete... ocho... nueve... diez... entre mis gritos de dolor, promesas de que no volvería a hacerlo, llantos y súplicas que bien sabía que no iban a servir para nada.
Finalmente al otro día conseguí un cuaderno prestado, sino creo que iban a sumarse otros cinco más, ya no me acuerdo... ni quiero, como no quisiera acordarme de estos episodios de humillación que me dejaron cicatrices en el alma que me duran toda la vida y que cada tanto reavivan su dolor. A veces vuelvo a sentirme como esa nenita sintiendo ese tremendo odio y terrible desamparo, sobre todo el desamparo a merced de un hombre que, pese a cuidar con responsabilidad de su familia y tener costados amorosos, cuando la ocasión era propicia daba rienda suelta a su violencia y crueldad descargándola sobre los que no podían defenderse.
Hubo algunos cuantos episodios más durante los cuales fui sometida, sí sometida, a esos castigos. Una vez fue porque durante una pelea con mi hermana, ella cerró con llave una puerta dejándome encerrada y como yo golpeaba y no me abría la pateé y se hizo un agujero en la placa.
Las demás veces fueron porque no rendía en el colegio o en las clases de piano lo que se esperaba de mí.
Lo peor de todo es la pregunta torturante: ¿dónde estaba mi mamá? Solo recuerdo que en una oportunidad en que la víctima del castigo fue mi hermana, ella entró en la habitación del crimen, le quitó el cinturón de las manos y to tiró al fuego de una estufa salamandra que teníamos. ¿Qué pasó después? ¿Porqué nunca más intervino?
Soy conciente que tanto ella como él fueron también víctimas de tremendos castigos corporales, sumado a que para sus padres eran solamente estorbos. Sé de sus infancias duras en todo sentido y eso me permite comprenderlos y hasta perdonarlos, pero no me quita este tremendo desamparo que me agobia en las noches de insomnio y que no me permite quedarme en una posición en que mi espalda esté descubierta. A veces hasta necesito cubrirla toda con almohadones para sentirme protegida. Me veo como una nenita caminando por un páramo, antiguo pantano ahora tórrido y reseco, en donde asoman las ramas muertas de los arbustos y huesos restos de algún animal, mientras un sol inclemente va rajando la superficie trazando un laberinto para que no encuentre el camino hacia la libertad...
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2 comentarios:
Qué triste, Ilsebe
este es el gato triste, lastimado, que se esconde a lamer sus heridas...
pero está "morrongo", a quien le gusta disfrutarla y logra hacerlo
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