viernes, 21 de marzo de 2008

tarde serrana

Era una día soleado, con sol acariciante y sombra fresca de los árboles en ese lugar serrano. Sol y aire radiantes.
Desde el interior del jardín en el que estaba observo que en el camino se encuantran tres vehículos. Están trabajando para armar unas piletas pelopincho. Una la arman arriba de un jeep de color oscuro con las letras de la marca en blanco, es de los modelos nuevos y poderosos con ruedas anchas y tacción 4x4. Las otras dos sobre una especie de carromato que parece casi un sommier enorme. Las llenan de agua y se van en el tercer vehículo. Alguien me explica que las piletas tienen agua a tres temperaturas diferentes: fría, tibia y caliente.

Ahí es cuando aparecen unos chicos que se ponen a jugar en la pelopincho del jeep. Son cuatro o cinco y entre ellos hay una nena de unos 6 años, algo más chica que el resto, que son varones. Y empiezan a verduguearla, no es nada terrible, como suelen hacer los hermanos mayores con los más chicos tal vez para escapar a sus propios temores. Y la nena sale de la pìleta y se va a un costado compungida. Cuando me acerco a protegerla porque la veía tan desvalida aparece una camioneta con unos tipos de alrededor de 20 años muy prepotentes que se bajan y agreden a todo el mundo. Se llevan al mundo por delante. Y nos hacen unas marcas en la cara con una especie de marcador a la nena, a mí y a unas cuantas personas más. Todo el mundo está desconcertado y no sabe de qué se trata.

A mí me encara especialmente uno grandote, de ojos claros y rulos color trigo, diciéndome que deje de escribir esas novelas y obras de teatro porque me voy a arrepentir. ¡Me habían confundido con mi tocayo de apellido! Ojalá yo pudiera escribir esas maravillas y no solamente esos pequeños relatos que me divierten y que le gustan a mis amigos...

Por suerte se fueron. Subieron a su vehículo y se fueron a toda velocidad dejando el desconcierto y el temor. La nena está llorando. Nos sentamos juntas en un escalón y yo la abrazo y acaricio su cabecita. Estamos en silencio. Sabemos que llevamos la misma marca. Y no se trata de la que nos pintaron esos energúmenos que se irá borrando con el agua y el jabón. Es una más profunda, grabada en la conciencia más allá de nuestra conciencia. Sabemos que venimos marchando juntas a través de las épocas y de las vidas. Sabemos que nos podemos complementar para llevar a cabo la misión que cada una trae como tarea. Y nos quedamos en silencio para dejar que broten las palabras que no se dicen, en un idioma que no existe, y que no se hablan con la boca sino que con el corazón. Y la brisa nos trae el recuerdo inconciente de nuestros amigos que nos ayudan y nos alientan. La sombra de los árboles va dibujando los símbolos que deberemos descifrar. El sol va pintando en nuestras cabezas guirnaldas de flores y hierbas que llenan el aire de aromas eternos.
Nos tomamos de la mano y vamos caminando hacia las sierras en busca de las gemas que iluminarán nuestras conciencias y nos harán saber el secreto de como curar las heridas...

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